Si hay una cosa que me saca de mis casillas en lo que a celebraciones se refiere, es la cuestión de las navidades...
En julio, sudando la gota gorda, nos meten la lotería por los ojos. En tiendas como ECI, los turrones se han adueñado de un espacio más que considerable, y uno cree que no desaparecen en todo el año. El calvo pesado ese, se ve que este año cobraba más euros que los que recauda el Estado con la lotería, porque no le han renovado el contrato, pero es igual: el anuncio de turno, hasta en la sopa. Las luces navideñas, no se si son señales de tráfico, porque forman parte del mobiliario urbano de mi calle desde hace dos meses, o más. Eso si, cada año más cutres. Para eso que no pongan nada, digo yo. ¿Y qué me decis de los anuncios de juguetes? Sobre todo los sábados por la mañana, entre serie y serie de programación infantil. Miles de muñecos horribles, barbies a las que las crece el pelo para que las peines y maquilles, playmobil que vuelan con un mensaje debajo "la acción es figurada. Necesita montaje. Los juguetes no vuelan solos" y cosas así. ¿Pero qué niño de hoy en día, se cree que los playmobil vuelan? Lo último es un pony. Si si, un caballo pequeño, de tamaño natural!!!, que vale algo así como 400€!!! Por ese precio tomo lecciones de equitación, joder.
Lo peor de todo no es el consumismo, el agobio de los medios ni siquiera el empacho turronero pre navideño, o la subida de precios (hoy te comes una nécora por dos duros, pero en una semana valdrá tanto como el pony ese). Lo peor de todo, ni siquiera es el cariño fingido que se tiene todo el mundo, esa falsa exaltación de la amistad, que aún ha de durar dos meses más. Lo peor de todo, son las cenas de empresa.
Si, ese acto social, navideño por antonomasia, que consiste en sentarse al lado de gente que odias, sonreir a un jefe al que matarías disimuladamente con el corcho del cahmapgne que todo el mundo se empeña en abrir, hablar sin parar durante horas de... TRABAJO, por supuesto. Esas cenas a las que nadie quiere ir, pero a las que todo el mundo acaba yendo, sólo para poder hablar de lo que ocurre y para jurarse así mismo que, al año siguiente no volverá... En un próximo post les hablaré de la cena de navidad de mi empresa, para que vean de que hablo.
Entiéndanme bien. No se trata de la típica actitud antinavideña. Estas fiestas no están tan mal: días de vacaciones y regalos, ¿para qué más? Lo que pasa es que reconozcámoslo: son un auténtico coñazo. Duran casi 6 meses, y eso... cansa.