Ayer acabó el curso. Bueno, realmente acabará con la clausura de esta mañana. Pero ayer fue la revisión, la cena, los vinos, las cervezas... Y hoy la resaca.
Ayer, todo el día estuve pensando en mil anécdotas que han ocurrido, no en este curso, sino en todos los que ya han pasado. Hablaba con Úrsula también sobre esto. Y me he dicho: "ponlo por escrito", y aquí estoy de nuevo.
Ayer me acordaba de mis amigos, de aquellos que estuvieron también al pié del cañón, para ellos es también este texto.
Ayer... Pero hoy, es hoy. El curso se acaba, los estudiantes se van. Ya las anécdotas vividas, pasan a engrosar las mil batallas.

· El japonés que subió una montaña y bajó... un andamio: T era un japonés activo, no vamos a negarlo. Le encantaba el baile, el alcohol y subirse a las mesas de S.B., ese bar que era como nuestro Matrix particular, el otro lado, al margen de la vida diaria. T. ya se apuntaba maneras: en la cena de bienvenida, le tiró el vino por encima al rector, a una profesora y al gerente de los cursos. Un desastre, él quería brindar con todo el mundo, pero acabó bautizándolos. Cogió una servilleta, y ahí estaba, intentando limpiarlos. Ignatus y yo ya sabíamos lo que se nos venía encima. Pero esa es otra historia. El caso es que una noche salimos Miguel el chinótopo, Ignatus y yo. De bar en bar, de copa en copa (aún bebías chinótopo, no?). Algo ocurrió: decidimos pasar por S.B. Y al llegar, ambulancia, policía, alguna de nuestras compañeras escaqueándose... El caso es que ahí estaba: T., el japonés (famoso en ese bar por bailar a lo Michael Jackson con una careta de Mortadelo), había subido a un andamio de la obra de restauración de la fachada del edificio y al llegar a la altura del segundo piso, cayó, y lo hizo encima de Moreno, un italiano.
Vino una ambulancia claro, y la policía, claro. Y ahí estaba él, gritando en japonés como una especie de yakuza borracho con camiseta de tirantes. El tipo no quería montarse en la ambulancia, así que se fueron. Pero claro, la leche había sido monumental, así que ahí apareció nuestra conciencia: al hospital con él (y eso que sólo estábamos de paso...).
Agarramos a T., y nos fuimos para el hospital, como a unos 20 minutos del bar, andando. Detrás venían varios estudiantes: taiwaneses, yankees, de todo. El camino al hospital fue largo, añadiendo continuas paradas de T. para vomitar, una especie de masa sanguinolienta que, además de repugnarnos, nos asustó bastante. Una de las veces lo hizo delante de un edificio gubernamental y hasta el guardia apareció a ver qué ocurría.
Por fin, el hospital. Ignatus (tío, tienes el cielo ganado) pasó con él a urgencias. Miguel y yo permanecimos en la sala de espera, mientras algunos estudiantes usaban las sillas de ruedas como vehículo de competición. Por fin salen. No voy a contar lo que ocurrió porque pertenece a la intimidad de dos personas... bueno en realidad no lo cuento porque no estuve dentro de la consulta pero doy fe que las anécdotas consistieron en pruebas médicas, desnudos, y un T. que quería tirarse a la enfermera. Le llevamos a su casa. Subimos. Y de nuevo Ignatus se portó: se quedó a dormir con él, no se si por caridad o porque no había autobús a su pueblo ( ) Miguel y yo regresamos a casa.
Amanecía.
Los gitanos montaban los puestos del mercadillo del sábado.

Ahora tengo que ducharme y vestirme. Sacar la corbata, ponerme zapatos, echarme un poco de colonia, y salir para la clausura. En cuanto tenga un rato, seguiremos con las batallas. Aún quedan muchas cosas que recordar.