· El filipino que se buscaba así mismo: no, no es una historia de búsqueda personal, filosofía zen ni nada de eso. Estábamos en La Granja, Segovia. Sitio que, al margen de los jardines, es suficientemente pequeño para que nadie pueda perderse. Tras la visita, llegamos al autobús. Recuento. Falta J.L., el filipino.
Este hombre era (en pasado, ya no) un novicio agustino. Se había perdido. O lo parecía. Ignatus se fue a una esquina del pueblo, a vigilar, mientras yo interrogaba a la población. Nada. Me voy con Ignatus. Le digo, nada, este tipo no aparece. Vuelvo al autobús.
Entre tanto, J.L. ha regresado. Le han dicho que estábamos buscándole, y él salió pitando, corriendo, Dios sabe hacia dónde. Este tío nos va a volver locos.
Corro a donde está Ignatus. Resulta que J.L. entendió que había alguien perdido, y corrió y corrió por las calles de La Granja buscando al alumno en cuestión, hasta que lo atrapamos, porque el perdido, era él. Antes de su captura nos explicó que estaba buscando a un alumno perdido, por lo que nosotros pensamos que, además de él, alguien más estaba solo y desamparado. Tardamos poco en darnos cuenta del entuerto. Poco, pero suficiente para perder un tiempo precioso. Tras demasiados minutos de espera, el autobús pudo salir.

Tiempo después, J.L. dejó la religión. Descubrió el alcohol, la fiesta y el porno en televisión. Y decidió, que prefería condenarse a vivir en santidad. Ahora sobrevive dando clases de inglés y continúa sus estudios. Tal vez no lo recuerde, pero se buscó así mismo, no en la soledad del convento, sino corriendo por las calles de La Granja.