Salgo de clase. Camino calle abajo hacia la estación. Un grupo de mujeres cristianas negras recorre la ciudad. Llevan pegatinas que dicen "Pax". Muchas se detienen en los escarates mientras una castañera bajo el sol no da a basto para atender su negocio. ¿Quién come castañas asadas bajo el sol? Hace calor. Parecen los primeros días de primavera, en lugar de los últimos de otoño. Los monumentos no se han movido de sitio. Las terrazas aún tienen guiris apurando cervezas. Unas novatas intentan vender paquetes de pañuelos ante la mirada, curiosa, de unas ancianas. Pasa una chica. Me mira. Le miro. Me gusta. Unos viejecitos la miran a ella. Un cerdo me sonríe desde el escaparate de una carnicería. Parece feliz. Demasiado para estar descuartizado. Un rapero lleva una tarta enorme. Una japonesa con una gran mochila la hombro mira, atónita, la caricatura de un chino en una tienda llamada "bazar japón". Hay otra castañera. Está fuera de su puesto, apoyada contra él. Creo que fuma. Cuatro chicas se ríen en una terraza. El agua de la fuente junto a la iglesia suena mientras dos niños dan patadas a un balón. Una furgoneta del ejército de tierra promociona el ejército profesional, delante del portal de un sindicato anarquista. Un inmigrante les pregunta una dirección y un soldado barbado señala con su índice. Tras el cristal de un local, una pareja come un bocadillo. Cruzo la calle y entro en la estación. Dos niños musulmanes juegan con la puerta de apertura automática. Uno se mete una colilla del suelo en la boca. Qué asco. Saco mi billete. Miro la ciudad desde el andén. Dentro, una niña corretea de un lado a otro. Tiene un chandal en el que se lee "indoor" escrito en grandes letras en su culete. Yo estoy outdoor. Una mujer muy gorda con su hijo se come una enorme bolsa de patatas fritas. Llega el bus. Tarde. Subo, me siento, y emprendo el largo camino de regreso.