Este año también hubo cena. El gran jefe se portó. Nos llevó a un sitio de esos buenos, de los de comer lechazo como Dios manda. Claro, lo pagábamos todo con un dinero -hemos tenido superávit- que no vamos a ver de otra manera. Antes que dárnoslo, el muy cabrón habría preferido quemarlo.


La cena estuvo regular, como el servicio. Úrsula y E. acabaron empapadas en champán vertido por un camarero, a un tutor ynakee casi le cortan la mano por mover una ensalada dos milímetros, e incluso retiraron una menta poleo sin que su dueña la oliese si quiera.

Éramos más de cien. Esta vez la gente estuvo comedida, nada de villancicos, nada de lanzar objetos, nada de tajadas...

A mí me tocó la mejor vista: enfrente tenía la mesa presidencial. El gran jefe, los representantes de las instituciones, y dos gilis que no se quienes se creen que son, que empezaron a fumar mientras los demás tenían que salir a la calle porque se supone que no se podía. Total que le pedí un cenicero a un camarero. Y me dijo no si no se puede fumar. Y le dije, que si para hacerlo me tenía que ir a la otra mesa. Al final, si quería fumar, a la calle. Pero las miradas que me lanzó uno de los gilis, y que yo supe mantener, bien valieron el suplicio de acompañar a Úrsula a echar un cigarro.

Hubo discurso, como no. Incoherente, sin sentido, lleno de palabras vacías. Mientras el gran jefe soltaba chorradas por la boca, alguien dijo "cabrón". No se si lo escuchó, en directo quiero decir. Pero con el lío que se armó, con la gente diciendo: "han dicho cabrón, ¿no?", seguro que el muy idem se enteró.

Y así, acabada la cena, tomé mi abrigo, puse a Úrsula el suyo, y nos largamos...


P.D.: para otros momentos estelares de cenas navideñas, recordemos mi post del año pasado o mis referencias a "el gran cachetazo".